Antes de dedicarme profesionalmente al adiestramiento canino, trabajaba como ambientóloga desde casa, en algo que me gustaba. Sin embargo, gran parte de mi tiempo lo dedicaba al voluntariado con perros.
Durante años, tanto en España como viviendo fuera, siempre compaginé mi vida con voluntariados en protectoras, acudiendo con gran frecuencia y formando parte activa del día a día con los perros.
Fue dentro de las protectoras donde mi mirada empezó a cambiar.
Allí conocí perros que llegaban en situaciones muy críticas:
perros maltratados, malnutridos, enfermos, con heridas físicas severas o tras accidentes que requerían cuidados constantes y muy específicos.
Pero con el tiempo entendí algo aún más importante:
muchos de esos perros traían heridas emocionales incluso más profundas que las físicas.
En entornos con espacios limitados y altos niveles de estrés, empecé a buscar herramientas que permitieran mejorar su bienestar dentro de las circunstancias en las que vivían. Mi objetivo dejó de ser únicamente que el perro sobreviviera o encontrara una familia, y pasó a ser otro mucho más profundo: que cada perro pudiera irse a la familia adecuada y con ciertas herramientas ya trabajadas que facilitaran su adaptación.
Trabajé especialmente con perros con miedos, inseguridades, reactividad o dificultades en el paseo, siempre tratando de adaptar el trabajo a las necesidades individuales de cada uno.